Por qué escribí esta novela

Este libro tiene mucho que ver con una de esas historias difíciles de creer: la de mi familia. Mejor dicho, la mía. Con lo que viví; con lo que imaginé; con mis recuerdos, violentados por el paso del tiempo; con mis ternuras, mis dolores, mis rabias y mis perdones, que, en fin, creo que es de lo que se trata la vida del resto de los humanos.

“No soy capaz de ‘tirarlos al medio’”; algo así le contesté a Norma Valle, mi profesora y directora de tesis allá para finales de la década de los 80, mientras yo cursaba estudios de periodismo. Para entonces ella me sugirió la idea de escribir acerca de las andanzas de mis padres. Ni lo supe entonces, ni sé ahora cómo ella se enteró de los eventos de mi familia; lo cierto es que en ese momento ni siquiera soñaba con atreverme a hacer público, ya fuera por escrito o a través de mis labios, lo que en aquella época algunos consideraban un escándalo.

Pero el tiempo transcurrió y se me obstinó en el alma un deseo descomunal de echarle otra mirada a la crónica que nos cambió la vida a mi padre, a mi madre, a mis hermanos y a mí. Y es que de vez en cuando me da con hacer algo, con experimentar, con lanzarme, no sé… con saber en carne propia de qué rayos se trata eso que me atosiga, y entonces me digo: “Tengo que hacer esto antes de morirme”. Resulta que con los años, aquella manía de querernos en silencio –que para entonces no sabía que nos queríamos así– me ayudó a atar cabos entre los disparates y los equilibrios que vivimos, y quizá a empezar a comprender el misterio de algo que es o se parece al destino. Así fue como escribí esta obra de ficción inspirada en hechos verídicos de mi familia: como una deuda que me tocaba pagar. Y, además, porque –treinta años después– se me antojaba como una anécdota extraordinaria y fascinante. Sentarme a narrar esta novela con todo el apasionamiento, el desafío y las contradicciones internas, fue un empeño al que por fin y sin remedio me arrojé, allá para el 2008.

Esta es la historia a grandes rasgos: un matrimonio ejemplar (él, un excandidato a cura; ella, estuvo a punto de convertirse en monja) se va al otro extremo de la balanza. Son los años setenta. Es la época de la revolución sexual. De los sacudimientos sociales. Los hippies son célebres. El movimiento feminista abre su boca. Y en medio de la vorágine social que los zarandea (y de los conflictos internos que cada uno vive), nuestros protagonistas acarician ideologías no tradicionales. Se aventuran a probar estilos de vida socialmente inaceptables. Mandan al infierno las expectativas culturales. Experimentan distintas conductas sexuales. Usan drogas. Se largan. Y dejan solos a cuatro hijos adolescentes que se las ingenian para sobrevivir. Y sobreviven. En eso no miento.

Desde que viví lo que identifico como la crisis existencial de mis padres y la redacción de esta novela, han transcurrido entre tres y cuatro décadas. Sin percatarme de ello (y como suele ocurrir) cargué una mochila repleta de carencias, de aturdimientos terribles y de momentos sobrecogedores. Los recuerdos cobraron otros matices. Me acerqué a ellos, no ya como la niña que los sufrió, sino como la mujer que mordisqueó un gajo de humanidad con su propia boca. Luego, como la escritora que escarba y manosea los hechos con el fin de lograr una novela seductora.

Por supuesto, me he inventado episodios y personajes que no son otra cosa que las llamadas licencias literarias, para narrar un relato que cautive al lector. Tomé esa ruta ante la necesidad de recrear literariamente eventos de nuestra familia que para mí eran desconocidos. De paso, para mantener, quizá si no intacta al menos con un nivel de duda razonable, la intimidad de los protagonistas. ¡Qué contradicción tan grande esto de hacer público aquello por lo que luchamos para mantener privado!

El proceso de crear esta novela se fraguó con todos los sinsabores intelectuales y emocionales que atravesamos los que intentamos escribir para que nos lean. Fui objeto del insobornable rigor editorial de más de un maestro, escribí durante madrugadas y noches interminables, realicé entrevistas, conversé largamente con algunas de mis “fuentes”, leí cartas, poemas, diarios… Hubo tres versiones, cada una más parecida a la realidad. Mientras tanto, yo manejaba los demonios escondidos en un baúl húmedo y oscuro, con olor a tiempo y a lágrimas, a una que otra rabia profunda, a algún llanto grande que nunca lloré. Se trataba de mi vida gris. De frente. Desnuda.

Para recrear la vida de mis padres decidí, ante la sugerencia de la escritora Marta Aponte Alsina, narrar desde otro punto de vista: desde afuera de mí y desde adentro de ellos. Yo ya no importaría, sino ellos; sus gestas, sus pasados, sus pasiones, sus vidas. Era la única manera de hacerles justicia. Acaso (sí, insisto desde ya en la incertidumbre) de acercarme a la historia de ellos. Intenté meterme en la piel y las entrañas de ambos personajes. Por supuesto, cada uno representaba a aquellos seres de carne y hueso que en un momento no muy remoto también amaron y transgredieron mi vida. Me obligué, pienso que más por desesperación que por agallas, a nombrar sin espanto ni quejas las cosas que son o parecen ser. Quise transitar, como si yo habitara sus pensamientos, cada proceso que les costó o enriqueció sus vidas. El ejercicio resultó sorpresivo: me pareció sentir cada turbación, cada angustia, cada euforia, cada despecho y cada tibieza desde el punto de vista de cada uno. Sin embargo, aun esta aparente victoria me mostraba el lado turbio e impreciso de mi ficción; en mis entrevistas, al arañar los hechos y hurgar las emociones de algunos de los involucrados en este relato, me llevé, para mi sorpresa, una oleada de descubrimientos. Por ejemplo, hubo penas reales donde yo no las vi y, por otro lado, reacciones de indiferencia ante eventos en los que yo hubiera rabiado de indignación. Moraleja: nunca es posible franquear el alma de alguien.

Reescribí la historia junto a las sugerencias sagaces de la editora de Divinas Letras, Gizelle Fernández Borrero, quien con destreza y apertura espiritual me llevó a desarrollar cada uno de los personajes con una profundidad casi doliente y a fluir con las palabras que se antojaban plasmarse, con un acentuado sentido de trascendencia. Realicé nuevas entrevistas en un intento por mostrar distintos ángulos de esta historia y de redondear los personajes. Las conversaciones con mis hermanos y mi madre fueron clave en el descubrimiento de sus verdades. Me abrieron la puerta de sus intimidades. Me dejaron entrar. Compartieron sus secretos. Me abracé a sus silencios. Y los quise más que antes.

Escribir desde afuera de esta historia paradójica y a la vez desde adentro de mis personajes creados, supuso una maniobra recia. Sufrí palpitaciones violentas, reviví corajes rancios (hubiera matado a insultos a uno que otro personaje), pero también me sentí solidaria con Evangelina, el personaje que representa a mi madre en la vida real; esa mujer que luchó por encontrarse a sí misma a pesar del costo social, moral, cultural y personal que tuvo para ella. Asimismo, experimenté una compasión sin nombre por Bernardo, el hombre tierno aprisionado en su pensamiento tormentoso y quien encarna a mi papá.

Acercarme a la vida de mis padres a través del proceso que supuso redactar esta obra, me hizo el favor de ensanchar mi perspectiva y, pienso que como resultado, de enriquecerme la existencia. Algo curioso me sucedió: lista para ponerle punto final a la obra, las explicaciones y las justificaciones sobre las acciones de “los protagonistas” perdieron importancia para mí. Comprendí que al fin y al cabo, lo que vale es la esencia que se queda cuando lo externo, lo visible, en fin, lo que termina, se acaba. Lo que queda, pues, es el reconocimiento de que somos humanos, de que fallamos y de que el amor –si es que esta palabra es capaz de reunir en ella o al menos de asomarse a las demostraciones de afecto más sublimes entre la gente que se quiere– es superior a todo. Por esa razón me pareció que esa manía que teníamos de querernos en silencio, mucho más que la costumbre de mimarnos unos a otros con masajes en los pies, obedecía a la capacidad de aceptarnos y amarnos a pesar de los “ruidos” que supusieron las locuras, las transgresiones y los desamparos que sufrimos. El descubrimiento de ese sentido de solidaridad, empatía y amor incondicional fue en sí el mayor acierto personal que me brindó la redacción de esta novela.

Miriam Montes Mock

29 de noviembre de 2011