Capitulo 1

Un silencio tibio

-Muérete, mi amor.

El cuerpo de Bernardo se debatía entre pudrirse sobre la cama número dos de la habitación 216 del Hospital Pavía o continuar su enclenque lucha contra el aparato que le oxigenaba el cuerpo. Hoy se reducía a un averiado conjunto de huesos y pellejos. Llevaba seis días así. Disminuido. Con el alma colgándole de las entrañas. Su piel había adquirido el color mostaza que produce el cuerpo frente a muchos años de excesos. Sus ojos, dos envolturas rugosas, de vez en cuando se abrían para impregnar la habitación del amarillo nauseabundo de los hígados enfermos y, de paso, lanzar las miradas huecas de aquellos a quienes ya no les queda nada por dentro. Nada. Igual estaba ayer. Amortiguado. Vacío de deseos y palabras. Menos el día en que su cuerpo, como arrepentido de acurrucársele a la muerte, se convirtió en un muñeco de trapo zarandeado por sabe Dios qué fuerza desquiciada. Sus extremidades y su cabeza se sacudían con violencia, incoherentes, disparatadas, ajenas al orden y a las leyes naturales de los cuerpos que se apagan para siempre o, más aun, desafiantes al destino irremediable que aniquila a los hombres.

Bernardo era una masa con forma de hombre echada sobre sábanas gastadas de tanto lavar historias de otros cuerpos. Cuerpos achacosos, contagiados, agónicos. Como el de Bernardo. Ahora se rendía por última vez, y en su cuero rancio acaso quedaban memorias y secretos. Solo eso. Y dos huecos putrefactos que una vez sirvieron para mirar. Pero despedirse por completo de la carne y la sangre que palpitan es una cosa incomprensible, y apenas unos días antes, desparramado en la misma cama de la habitación 216, una sonrisa le aniñaba el semblante y parecía largarse, feliz y pacífico, al lugar donde los muertos viven. Como un chiquillo, sí, porque “los viejos vuelven a ser niños cuando se van a morir. “¡Qué curioso es morirse!”; eso pensaba su hija Teresa cuando le tocó velarle los sueños que también se le morían y convertirse otra vez en su madre.

–Vete tranquilo, Bernardo –le rogó con suavidad Evangelina.

Esta vez no le acarició los pies, aquella bendita manía de quererse en silencio que practicaban ellos y sus hijos. Solo le habló con la voz sedosa de antes de todo. La misma con la que solía acariciar alguna aspereza incrustada en el alma de sus pequeños; aquella con la que resbalaba un “te quiero” o un “corazoncito mío” mientras inundaba de besos las cabecitas de sus hijos. Antes. Antes de que colgara su maternidad como se cuelgan los guantes de los boxeadores que no regresan a la plataforma del juego. Antes de que se le agotaran las ilusiones y se le quebrara el deseo. Pero la voz cristalina con la que despedía a Bernardo, aquella que cobijaba los sentimientos lúcidos y las intenciones pacíficas, la que quedó luego del llanto exasperado y el grito violento, la que resistió la locura, era la voz del abrazo último de Evangelina.

Dentro de ocho meses hubiesen cumplido cincuenta años de casados. Claro está, si no se hubiesen divorciado en dos ocasiones. Y si, como entreactos, Evangelina no hubiese protagonizado once historias de pasión y encantamiento; o, por su parte, Bernardo no hubiese participado como un actor de reparto en otras tantas de amor y aventura. Y si la filosofía y los estilos de vida de Arica, que para los años setenta atestó de seguidores el condominio King’s Court en el excéntrico Condado, no los hubiera fascinado con su oferta de estados de conciencia elevados. Si Bernardo no hubiese leído los controvertibles libros Open Marriage y The Psychiatrist’s Mind. Si Evangelina esto, si Bernardo lo otro… Probablemente estuvieran celebrando las bodas de oro como las festejan las esposas perfectas y los maridos fieles. Evangelina se hubiera vestido con un traje de encajes de algodón color marfil, no muy costoso, liviano y tropical que le hubiese cosido su vecina Peggy. Y se hubiese adornado el pelo, encaramado –como le gustaba a Bernardo– con azucenas olorosas a Plaza del Mercado de Río Piedras. Y se hubiese calzado los pies perfumados de arena y salitre de su playa vegabajeña con un par de sandalias de tiritas de cuero (porque siempre son preferibles los materiales naturales). Entonces Bernardo… Bernardo le hubiese mirado el pelo, le hubiese sonreído con su boca contenida y le hubiese cantado, con voz de aspirante a cantante de coro universitario, “amor, dulce amor, que hoy recuerdo en un vals, primera ilusión que no muere jamás”.

–Mierda, esas ideas románticas acerca del matrimonio solo funcionan para ustedes, que todavía son quinceañeras –se desgañitó Bernardo frente a sus hijas aquella tarde calurosa en que ellas mismas lo desterraron de su hogar.

Hacía seis días que no hablaba. Ni leía. Ni miraba. Nada. El cuarto número 216 apenas poseía algunas de las escasas pertenencias de Bernardo: unas pijamas de franela, dos pares de medias (el frío aséptico le robaba el poco calor que le iba quedando), una frisa adicional por si se ensuciaba con los excrementos intoxicados de droga y suero, jabón de bebé (para pieles hipersensibles), dos toallas (una grande y otra pequeña para los baños en la cama) y crema medicada para protegerlo de las úlceras cutáneas. Teresa, la segunda de sus cuatro hijos (otra vez, como si fuera su madre), se aseguraba de que los enfermeros lo voltearan a menudo. Aun así, dos lesiones rojizas y purulentas amenazaban con adueñarse de sus nalgas y costillas. Bernardo no se quejaba.

Evangelina se agachó para verificar la bolsa que recolectaba la orina de Bernardo, colgada del lado derecho de la cama de posiciones. Ni una gota. El enfermero de turno la había vaciado por última vez justo cuando le dio el medicamento de las siete. Entonces era un líquido miserable y oscuro, del color de las charcas contaminadas por cuanto desperdicio y excremento se estanca en sus aguas pestilentes. Evangelina le cuestionó el color.

–El hígado… usted sabe… –le contestó como quien no quiere encontrarse de frente con la sentencia de los desahuciados.

Tendría unos treinta años repartidos en un rostro apacible, que a Evangelina le dio la impresión de que se tornó tan reverente como el de un monje budista oficiando un ritual, justo cuando desenganchó el plástico con el fluido rancio. Miró al enfermero con una sonrisa de agradecimiento y no preguntó más.

Tres horas después la bolsita no tenía ni asomo de orina. Ella sabía. Respiró profundo, como hacía cada vez que dejaba ir algo. Lo que fuera. No lloraba. No fue al mostrador del piso a informar a las mujeres con batitas de caritas alegres y zapatos blancos que chirrean al contacto con el suelo, que Bernardo se envenenaba por dentro. No agarró el celular para llamar a nadie. No maldijo, ni se le dibujó en la boca una mueca de dolor. Ni siquiera le imploró a Bernardo que por esta vez no se muriera. Lo miró como se mira a un niño querido que duerme. Palpó sus manos suaves y limpias, sin rastro de callosidad, las uñas lustrosas perfectamente alineadas en sus dedos impecables. Siempre le gustaron. Eran manos pacíficas. Probablemente, las que con mayor ternura habían acariciado a los hijos de ambos. No a ella; no después de que se creyó querida por hombres con manos rotundas y bocas sublimes. Aunque, quién sabe… Pero eso ya no importaba. Ni siquiera intentó descifrar el sentimiento inconcebible que aún la mantenía unida a este hombre. No quiso decirle nada. Nada. Solamente estar allí. Sobrecogida. Participando de su muerte buena. Totalmente presente. Completa. Ella y su respiración. Su respiración acompasada. Serena. Arropando con su exhalación lo que quedaba de Bernardo. Internándose con cada inhalación en la memoria intacta de su amor extraño. Su respiración y la respiración de Bernardo. Entorpecida. Dolorosa. Agónica.

La puerta se abrió sin aviso y el doctor apresuró el paso de superhombre con bata blanca en dirección a los tubos plateados que acunaban a Bernardo. Interceptó la mirada de Evangelina con un “buenas” a media sonrisa, se detuvo por un instante en el rostro de Bernardo, paseó la mirada en el registro médico que sostenía su mano izquierda y finalmente reparó en la bolsita vacía. Entonces despegó los labios para que le salieran las explicaciones científicas que aprendió en su clase de Patología, aquella tarde en la que discutieron las condiciones terminales del sistema hepático y renal, pero volvió a cerrarlos con una exhalación. Se embuchó las palabras. Bajó la cabeza y luego miró a Evangelina como quien adivina su pregunta.

–Quince minutos… tres días… Fallo renal… Lo siento, señora –le dijo en el mejor tono que encontró.

Evangelina lo escuchó serena. Inhaló profundo.

Una luz tenue alumbraba la habitación. Como si la atmósfera conspirara para envolver a Bernardo en un abrazo acogedor. Como si invitara a hablar en voz muy queda, por favor, a moverse con sigilo, prohibido hacer ruido, o a pensar con piedad. No había nada que hacer. No había vuelta atrás. Salvo los aparatos que mantenían su carapacho alimentado y respirando, Bernardo se hundía plácido en un sueño sin regreso. La muerte, sí, la muerte, que tiene reputación de cruel y oscura, de repente se mostraba sabia. Sublime. Hasta cálida. Porque la muerte todo lo recoge, todo lo dignifica y, aun en los casos imperdonables, casi todo lo perdona.

Pronto llegarían los hijos. Estarían todos juntos, como en las reuniones familiares; aquellas en las que se desnudaban el alma y negociaban algún asunto y se reprochaban una que otra ofensa y censuraban alguna acción. Era una de las peculiaridades de esta familia. Blindados con la lista de normas de comunicación tan clara como un día sumiso de sol, se preparaba una agenda y se asignaba un secretario a cargo de las minutas, que los chicos no sabían que se llamaban minutas sino acuerdos que debían leerse y recordarse en las próximas reuniones para, tal vez, prorrumpir en barbaridades y refunfuñar a favor de alguna condición que redujera la severidad o incomodidad de la medida que fuese. Allí se practicaban como mejor se podía los sistemas democráticos. Pero a pesar de la oportunidad que todos tenían para deponer, argumentar u oponerse, Bernardo, como juez absoluto, establecía siempre la decisión última e irrevocable.

–No es justo que mi hora de llegada sea a las diez si Franqui puede llegar a las diez y media –protestó treinta años atrás Teresa–. Yo tengo las mismas responsabilidades que él y además…

–Ese asunto no está en la agenda de hoy…

–¡Pero, papi! ¡Yo quiero hablarlo hoy! ¡No me digas que vas a hacer una investigación! ¡Tú siempre…!

–Teresa, ¡ya! Dije que lo discutimos en la próxima agenda.

Pero esta vez no había agenda. Bernardo se iba despacio y, con él, la vida que escogió vivir. Y los reproches. Y las locuras. Y las culpas y las penas. Entre Bernardo y Evangelina solo mediaba un silencio tibio. Tal vez un recuerdo dulce o la satisfacción de haberse querido con la autenticidad de los que siguen sus propias reglas. Sirvan o no. Como aquella regla que pareció meter en su casa a un extraño e incomprensible “ángel” de sabe Dios qué galaxia.

–Quiero explorar otras cosas –le dijo Bernardo después de la lectura del libro aquel sobre matrimonio abierto que les revolucionó la vida.

Evangelina sabía a qué se refería. Pero se hizo la tonta, como tantas veces hacía frente a Bernardo. Rastreaba sus pensamientos. Los secundaba. Los adoptaba. Luego profesaba sus posturas con tanta devoción como las letanías de las Siervas de María frente a la estatua de la Virgen de la Milagrosa. Había seguido a Bernardo con todas sus mañas, sus glorias y sus desquicies. Había participado de sus ensayos y se había amoldado a los nuevos sistemas que, con los años y las decepciones, el hombre había establecido. Lo había hecho todo con tal de complacerlo y apoyarlo. Pero había algo que no podía tolerar, que sencillamente no le cabía entre las costillas y el esternón.

–Me mudo –le dijo un día Bernardo.

Entonces se le vino todo encima: la casa con los ladrillos al natural con que habían ampliado el balcón, los veranos en la playa de Vega Baja, los paseos a Isla de Cabra, las canciones infantiles en el carro, las mecidas en el sillón, las reuniones familiares, los argumentos desafiantes ante la organización de padres y maestros de la escuela de los chicos, el pan de maíz y el chocolate caliente de los domingos por la mañana, las cenas en la mesa redonda de rattan, las clases de cuanto baile les nació aprender, la biblioteca atestada de libros, las discusiones sociológicas, los artículos de izquierda, los acercamientos místicos, los amigos de muchas épocas, los hijos adorados…

–¿Solo? –disimuló Evangelina aquella mezcla de coraje, decepción y otras marañas que aún no era capaz de definir.

Bernardo se vistió con el traje de arrogancia que tan bien pensaba que le iba y le atestó una de sus jabalinas.

–¿Cuál es la diferencia?

No tenía mucho tiempo para pensar. O quizá lo había hecho. Sí, probablemente había imaginado esta discusión muchas veces. Tal vez había negociado en sus adentros la pérdida más terrible que se cernía sobre su cabeza de monja arrepentida. Tragó. Estaban dialogando; es decir, no era una lucha de gladiadores. Eran adultos honestos, libres para pensar y decidir, eso habían aprendido de sus lecturas. El bienestar de los hijos nunca antes había estado en riesgo, al menos eso habían querido creer. Así es que contestó tan civilizadamente como pudo.

–Bernardo, mi propuesta está en pie. Podemos seguir nuestro acuerdo. Mira… habilitamos el cuarto de la lavandería… creo que es mejor… los hijos te seguirían viendo…

Claro, los hijos, porque habían acordado que ya no los llamarían “los nenes”, esa frase que mantenía a los chicos en un estado de infancia perpetua y los condenaba a ellos a una suerte de protectoría eterna. Era el lenguaje apropiado, ajustado a la filosofía única y especial del matrimonio De la Huerta-Olsen. A Evangelina la idea no le parecía descabellada. ¿O sí? Detrás de la casa, entre el cuartito de la lavandería y el patio donde los hijos jugaban al baloncesto, al bádminton y al voleibol, pero que antes lo ocupaban columpios y casitas de muñecas hechas de cajas de cartón de la nevera y la lavadora de Sears, allí podrían ampliar y construir una habitación para que Bernardo recibiera a sus amigos. Se inventarían algo. Una entrada por la marquesina, tal vez, de manera que las visitas no interrumpieran la cotidianidad de los hijos. Por supuesto, otra vez los hijos. Evangelina podría mantener a su familia sino como Dios manda, al menos con un atisbo de normalidad. No encontraba otra alternativa, así es que estaba dispuesta a aceptar, más por resignación que por principio, esta nueva variedad familiar. Seguirían comiendo todos juntos, contarían los tostones a la hora de la cena, se rotarían las tareas domésticas, pelearían juntos –ella y Bernardo– contra las ideas obsoletas de los educadores académicos en cada una de las reuniones escolares, se montarían todos en el Peugeot adornado con flores psicodélicas adhesivas y atestado de canciones infantiles, trabalenguas y adivinanzas… En fin, que ella parecería feliz y nadie tendría que enterarse del acuerdo que ellos, un “matrimonio de avanzada”, habían optado por explorar. Bernardo dormiría, tan a menudo como el deseo le dictara, con un hombre en su cama.

–No. Me voy –le contestó Bernardo escuetamente.

Evangelina palideció. Pero no era el tiempo para rabietas o discursos moralistas. Ellos no eran de ese tipo. Inicialmente, se había atrevido a retar la propuesta de Bernardo. Se había armado de valor y había presentado sus argumentos para que, al menos en esta ocasión, ambos se abstuvieran de lanzarse a lo que parecía un mortal choque entre corrientes marítimas en el peligroso Canal de la Mona. Pero los silogismos de Bernardo volvieron a arroparla como una burka a las mujeres de oriente, y Evangelina cedió. Pálida y asustada, más pálida y asustada que antes de escuchar el dictamen de Bernardo, se mordió el miedo y las palabras. Entonces él retomó el diálogo.

–Bueno, ¿y tú, qué vas a hacer? –le soltó con la naturalidad con que se pregunta ¿a dónde vas de paseo?

No le salía el llanto. No sabía lo que era eso. No en ese momento. Tampoco se le ocurrió escupirle un reguerete de maldiciones a su marido, gritarle que cómo carajo la abandonaba para irse a mariconear, ella que le había ofrendado su espíritu de monja; es más, que había inmolado su beatitud a cambio del sagrado sacramento del matrimonio, que le había parido cuatro hijos, que llevaban quince años de amores y luchas, que habían construido juntos la familia ideal… Pero no. Lo llamarían estado catatónico, negación, sublimación, enajenación de la realidad, embrujo o lo que fuera, pero Evangelina no pudo hacer otra cosa que sumarse a la ruleta rusa propuesta por Bernardo.

–Pues… algo parecido a ti, supongo. No sé… estoy dispuesta a explorar, ¿por qué no? –se desbocó Evangelina mordiéndose el sentimiento.

–No eres honesta. Tu motivación es otra –se le envileció la mirada a Bernardo. Y, como en tantas ocasiones, retomó el lenguaje acusatorio usual, envenenado con el tono más punzante del que era capaz: “¡Hipócrita, deshonesta, insolente, mentirosa!”, se extendía la lista de imputaciones. Era como si él quisiera reunir en su mujer a todas las mujeres (tal vez una sola) que lo habían lastimado profundamente. Como si, de algún modo, la sola presencia de Evangelina, como representante del sexo femenino, escarbara algún dolor añejado, alguna rabia sin nombre. Pero ella no lo sabía. Con el tiempo, Bernardo adquirió una extraña ofensiva, no solamente hacia Evangelina, sino hacia cualquiera que se enfrascara con él en alguna discusión que, a saber, amenazara su mundo frágil. Bernardo no era capaz de reconocerlo. No podía advertir sus propias contradicciones. O sus miedos. O sus tormentos. Tal vez porque ni siquiera los profesionales de la salud le habían puesto nombre a aquella rara conducta que él recién estrenaba. Solamente era capaz de ver las faltas que, como un espejo frente a sus propios pensamientos, reflejaba en los demás.

–Me estás juzgando, Bernardo.

–¡Y tú te estás proyectando! –le increpó.

Bernardo enrojeció. Evangelina respiró hondo. Se lanzaban otra vez al juego mordaz de revolcar y escupir palabras, y de afinarse en la “cháchara de los más que saben” de la conducta humana.

La relación entre ellos podía llamarse de muchas maneras: experimental, liberal, escabrosa, neurótica, peligrosa, excitante… De todo, menos aburrida. La decisión estaba tomada.

–Entonces, vamos a las reglas del juego –le espetó Bernardo.

Pero hoy no hacían falta las palabras. Porque a estas alturas, pese a la relación maltrecha, pese a todas las rupturas, las transgresiones, las mezcolanzas… pese a todo… todo estaba bien entre ellos.

Evangelina volvió a tomar las manos del moribundo como se sujeta una pieza de cristal costosa. Hoy eran dóciles, suaves y tenían una cualidad casi femenina. En realidad siempre lo fueron (siempre es una palabra muy determinante), al menos al posarse en el cuerpo de ella. Mas no cuando Bernardo se transformaba en ese otro ser irreconocible. No. Sino cuando Bernardo la amaba con la ternura con la que los buenos amigos se quieren. Conoció estas manos durante su luna de miel, la primera vez que ambos se desnudaron sin mirarse de verdad. El bochorno de saberse concebidos para el placer carnal pronto oscilaría al extremo opuesto, de manera que las conversaciones sobre asuntos sexuales cobrarían un matiz tan natural como las cosas de los niños. Por eso Teresa, ya desde sus siete años, se atrevía a preguntarle: “Mamá, ¿te vio desnuda papá? ¿Apagaste la luz? ¿Te dio vergüenza?”.

Evangelina tenía las caderas redondeadas, un par de pechos generosos y un deseo desmedido de dejarse explorar por la desnudez de su marido.

“Me enamoré de su cabeza”, sonreía Evangelina, ajena aún a su sexo hambriento.

Bernardo era uno de esos hombres difíciles de encapsular. Sus amigos y conocidos lo habían catalogado como complejo, dual, extraordinario, excéntrico, pero también como un duende, en el mejor sentido de la palabra: ocurrente, travieso, tierno, poseedor de una inteligencia superior. Era delgado, de estatura mediana y, tal vez por su parsimonia, por su semblante adusto, respiraba un aire de prócer. Tenía la mirada cansada y acuosa. Su piel, tan fina como la de las anémonas, sugería una fragilidad innata. A simple vista daba la impresión de ser un estudioso aburrido, profundamente identificado con sus posturas justicieras. Eso, su sentido de justicia, era como una marca adherida a su cerebro. Casi una obsesión. Una neurosis. Una manía capaz de lanzarlo a extremos absurdos. Sus hijos lo sabían. A pesar de ello, encontraban en Bernardo unos oídos dadivosos que invitaban a la conversación y a la cordura, incluso a las confidencias íntimas. Al menos, la mayoría de las veces.

Hasta que su alma comenzó a romperse.