Capitulo 25

 

Como niñas atolondradas en una feria fantástica

-Candy. Te vas a llamar Candy -le dijo Cholo, el dueño del Go-Go Girls Club, con su voz de fumador empedernido.

  Era un tipo de mediana estatura; un puertorriqueño cualquiera. Al poco tiempo de haberse despedido del sol tropical y haberlo canjeado por escupitajos del cielo gris neoyorquino, el color aceitunado de su piel se había esfumado. Ahora era del tono de los papeles viejos arrugados por el tiempo. No era viejo, sin embargo. Tendrá unos cuarenta… mal tratados. Bueno, eso decía l: que en Puerto Rico la vida lo haba maltratado, que tuvo mala suerte en los negocios, que la mujer lo dejó y que los panas lo chotearon; que pagó por un crimen que nunca cometió y que su madre, cansada de sufrir por él, lo mandó donde una tía que vivía en Brooklyn, “a ver si se me arregla el muchacho”.

 Por un tiempo dio unos cuantos tumbos (también “tumbes”). Pero por fin se arregló, gracias a su primo Andy, que tenía un trabajo estable como chulo y lo “conectó” para que pudiera empezar su propio negocio. El trabajo de chulo, con el que hubiera tenido que prostituirse con mujeres u hombres, no le llamaba la atención. “No offense, viejo, pero eso de vestirme asfixiándome el bicho es cosa de marica, le había dicho a Andy. Además, Cholo no era muy amigo de andar peinado ni afeitado, se resistía a aprender la jerga y el estilo de los que mangonean los problemas callejeros con sutileza y, en fin, descubrió que ser el jefe de un negocio era el don que Changó le había regalado. Llevaba trece años “tasando” muchachas para que bailaran en su club y complacieran a la audiencia. Celina cocinaba la mejor serenata de bacalao que se comía por allí, y siempre tenía Schaefers y Coronas, como traídas del Polo Norte. Tal vez era por la cocina de Celina o quizá porque las chicas tenían los cuerpos más apetitosos (preferidos entre la mayoría de los latinos), lo cierto es que el Go-Go Girls Club era el negocio de bailarinas “exóticas” más vitoreado entre los puertorriqueños que hacinaban los barrios de Brooklyn.

 Para Evangelina, por su parte, trabajar como bailarina podía convertirse en un buen negocio. Debía reunir al menos $800 al mes: $400 para enviarle a los hijos, $225 para su propia renta, $10 más para el agua y la luz, $100 para la comida, $40 para la transportación y los $25 que sobraban, para alguna pieza de ropa o de zapatos que necesitara, más los efectos personales y una que otra emergencia. Su trabajo como directora (increíble, pero cierto) en una clínica con pacientes de metadona en la desgreñada Harlem, le proveía justo para suplir los gastos básicos. De manera que, si quería viajar a Puerto Rico a ver a los hijos, debía entonces ahorrar unos $300 adicionales. La opción de trabajar como bailarina “exótica” (claro, según el éxito que tuviera), sonaba bien. Podría llenarse el bolsillo hasta con $300 en una semana, dependiendo de su habilidad. Eso le habían dicho.

En cuanto al inesperado puesto que consiguió… bueno, inteligencia y creatividad tenía de sobra; además, era bilingüe y sus años como “estudiante” del profesor De la Huerta le habían dado una perspectiva sobresaliente en torno a los asuntos sociológicos. Pero su pedigrí profesional incluía muchos años como ama de casa; un trabajo poco llamativo en términos laborales, que además no la cualificaba legalmente para un puesto de directora. Por suerte, Evangelina tenía varios atractivos. A los gringos les impresionaba su eficiencia y dotes organizativas. A los boricuas, su sonrisa cálida, y esa recién descubierta actitud de paz y amor para todos, tan propia de la década de los setenta.

Pero volviendo a sus planes para ampliar su experiencia profesional y desahogar su presupuesto, Evangelina se encariñó con dos puertorriqueñas que, al igual que ella, se habían lanzado a la manía de una vida extravagante. Lourdes y Elsa, quienes también se quedaron en Nueva York luego de que finalizara el taller veraniego de ARICA, la habían animado a que considerara la opción de trabajar como bailarina.

 –Mira, Evangelina, total, acá nadie nos conoce. Además, hazte de la idea que vivimos en el Nivel 1,500, y pa’l carajo

 –Vamos, me tiro –prosiguió con el despojo de sus culpas.

Salieron vestidas con sus “mumus”, esas batitas alegres y fresquitas tan apropiadas para los calores del verano. Nada de pantis ni, por supuesto, sostenes. Estaban en Nueva York, la temperatura estaba como sopa en día lluvioso y, además, se habían lanzado a ser mujeres liberadas… lo que se dice… a soltarse de verdad. La tienda les quedaba cerca, en la Cuatro Oeste: The Pink Pussycat. Era la primera vez que Evangelina merodeaba una tienda de artículos eróticos.

 –¿Puedo ayudarte?

–le preguntó en inglés una chica con ojos de Cleopatra y melena de “la Chacón” –la vedette más famosa de Puerto Rico.

 –Estoy mirando, gracias –le contestó Evangelina en español, fascinada y turbada a la vez ante tal oferta de sensualidad.

La tienda le trastocó los sentidos: de entrada, se le llenaron los ojos con una variedad espantosa de dildos (así se enteró que le llamaban a esos penes de plástico de todos los colores y tamaños). Con la ayuda de sus amigas hicieron sonar vibradores y consoladores; olieron y probaron jaleas, aceites, lociones, polvos, plumas, todos en bonitos estuches con dibujos de mujeres orientales y el nombre Kamasutra, impreso. “¡Qué es esto!”, se aturdió Evangelina cuando se le agolparon de frente los juguetes sexuales: látigos, esposas, correas y hasta mordazas. Se asomó al estante de literatura con imágenes explícitamente sexuales (ya ella conocía este tipo de material) y, finalmente, se estacionó en la sección que le interesaba: la ropa interior más provocativa y atrevida que había visto jamás.

Las tres mujeres pasearon la tienda entera, hechizadas por la mercadería sexual rampante. Eran como niñas atolondradas en una feria fantástica, mirándose unas a otras con traviesa complicidad. Saboreaban, a la vez, el miedo y la excitación ante expectativas contradictorias: un trabajo extremo, una noche de excesos o la posibilidad de abandonar del todo la locura de convertirse en bailarinas exóticas. Es decir, bailar semidesnudas en un club nocturno no era un requisito para continuar viviendo en la ciudad neoyorquina. Era, sencillamente, la oportunidad de permitirse experimentar algo que jamás se hubiesen atrevido hacer. Los talleres de ARICA habían surtido en ellas un impacto profundo en su manera de verse a sí mismas y a la sociedad. Si ARICA les había provisto herramientas para liberarse de los miedos y las ataduras sociales, ellas estaban dispuestas a aprovechar las lecciones al máximo. De otro lado, la vivencia veraniega en Nueva York, sin hijos, sin marido, sin expectativas y sin penas, fomentaba –al menos en Evangelina– la manifestación de algo así como un espíritu emancipado y audaz, totalmente redimido de amarres culturales.

Mientras tanto, los ojos de la Cleopatra iban de un sitio a otro, incapaces de capturar los movimientos de las impropias hippies del gurú.

“¡Pero qué fresquerías!, Estas no las tenían en La Tienda de Luisa”, pensó, y por un instante se arrepintió de no haberlas estrenado con Bernardo. Escogió varias piezas: un corsé de encajes color rosa (ese incluía las ligas de encajes también); un conjunto de sostén y panti que simulaba piel de animal; una batita minúscula en nailon color carne, que hacía juego con unas bragas tipo biquini y otro corsé (este parecía más seductor), con varillas, para dar la impresión de un torso estilizado. Este último era rojo con vivos negros e incluía ligas negras para sostener las mallas. Agarró también un par de estas y unos tacones negros con un lazo rojo al frente, tan incómodos como sensuales.

–Está prohibido probarse las pantis –chilló “la vedette”, ahora en español, tratando de controlar el escándalo que habían producido las tres novicias libertinas.

Evangelina iba de la duda al disfrute, del espanto al desorden. Pensó en su madre, a saber si se habría puesto alguna de esta indumentaria con uno de sus amantes. De cuando en vez se le atravesaba algún pensamiento germinado en la mente de su maestro, Bernardo (alguna vez atrapado en la suya): Mujer al servicio del hombre –analizó– mujer bella aunque se joda. Pero, ¡ya! Este era el momento de romper esquemas. ¡Todos los esquemas! Se iniciaría en un trabajo. Un trabajo diferente, ¿por qué no? Tendría que practicar. Nada más se imaginaba atascándose entre tanto broche o tropezándose, encaramada en aquellos tacones parecidos a los que usaba su madre para ir a fiestear.

Lourdes y Elsa se abarrotaron, de camino al probador, de aquellas piezas que era permitido probarse, las que caían “como por accidente” en sus bolsos y las que, en un movimiento de “ilusionista”, iban a parar dentro de sus “mumus”.

Setenta y cuatro dólares con noventa y siete centavos, sin incluir los impuestos; era la suma total de la mercancía para Evangelina, si no se equivocaba (era buena para las matemáticas). “Ni pensarlo. Casi un mes de comida”, murmuró espantada. Volvió a mirarse en el espejo del probador. Le encantó el corsé rojo. Se imaginó vestida con el atuendo. Lo combinaría con las ligas y las mallas negras y, aunque se tambaleara, tendría que encasquetarse los tacones; nada de sandalias cómodas de cuero. Había rebajado unas cuantas libras, el tamaño cuatro le quedaba de maravilla, considerando… bueno, su experiencia maternal. Sintió una leve humedad en la entrepierna. La seductora pieza interior recogió unas gotitas anaranjadas; por lo regular le sucedía cada vez que se tomaba la pastillita roja para contrarrestar la incómoda cistitis. “Es una señal”, pensó. “No lo puedo devolver. El corsé ya es mío”. En realidad… y… analizándolo desde una óptica metafísica, era perfecto que todas se pusieran de una vez las piezas de ropa interior de The Pink Pussycat y que las recibieran como se recibe un regalo.

“No tenemos pantis puestos, la tienda tiene de más. No tenemos dinero, a la tienda le sobra”, se justificó Evangelina con sabiduría aristotélica, como si fundiera en el suyo el pensamiento de las demás. Ella hizo tal embrollo con las piezas que se llevó al probador, que confundió a la Cleopatra. Se quedó con su nuevo corsé (o su uniforme de trabajo) y se puso encima el “mumu” de colores alegres. Entonces apretujó bien las mallas y las ligas junto a los tacones y lo metió todo dentro del bolso. Respiró hondo. Por aquello de disipar sospechas decidió pagar la batita minúscula de nailon, más barata que las demás. Sacó de antemano su monedero de tela de colores brillantes, abrió la cremallera, sustrajo el dinero y contó exactamente siete dólares con ochenta y nueve centavos, que entregó a la dependienta con una sonrisa. Luego cerró la cremallera del monedero, lo tiró dentro del bolso como si aquella compra fuera una nadería, tomó su recién comprada batita de nailon envuelta en papel de cebolla y colocada con cuidado dentro de una funda de papel, volvió a sonreír y se alejó de la caja registradora. “Todo está bien. El universo me provee. Santa perfección”, se dijo a sí misma y salió derechita por la puerta de la tienda.

Quedaron en encontrarse en la estación del tren a las 9:00 de la noche. Cholo les había dado las instrucciones. Las tres tendrían el turno de diez de la noche a dos de la madrugada. Debían tomar el tren hacia Brooklyn, bajarse en la estación Jamaica, doblar enseguida a la izquierda; luego caminar dos cuadras más y hacer una derecha. No se perderían. El establecimiento brillaba. El letrero del Go-Go Girls Club resplandecía con sus luces rojas de neón. La silueta de una mujer con pechos puntiagudos y nalgas redondeadas parpadeaba en la oscuridad. Era, por supuesto, la decoración de los negocios de bailarinas a gogó en el barrio Brooklyn.

La entrevista inicial se había llevado a cabo en la oficina del “más que manda”, después de la hora del rush, como él mismo indicó. El despacho era un cuartucho con paredes acartonadas y peste a exterminador de cucaracha.

–¿Cuántos años tienes? –le había preguntado Cholo, con su barriga, como carnicero de película, haciendo alarde bajo los botones a punto de salir disparados de la camisa.

Le llegó un latigazo de aliento a tabaco barato. Evangelina apretó el vientre y enderezó los hombros. Entonces sonrió.

–Veintiséis –mintió, quitándose diez.

–A ver –le hizo señas para que se quitara la ropa, mientras se pasaba la lengua por los dientes.

El hombre se arrellanó en la butaca de su oficina. Elevó su pelvis impúdica y colocó ambas mano detrás de su cabeza grasosa. Sendos círculos amarillentos empañaron el área de las axilas. El olor punzante del desodorante Right Guard que exhala un cuerpo sudoroso después de las 6:00 de la tarde, se incrustó en el aire. Tomó un palillo de dientes de su bolsillo y se hurgó la dentadura. Observó, ablandado, mientras Evangelina obedecía.

 –Esa cicatriz… –y la miró como pidiendo cuentas, la barbilla elevada, los ojos entrecerrados.

 –Tengo un bebé –volvió a mentir.

La noche sudaba. Evangelina miró las paredes del tren. Rosa & Willy 4-eber, leyó. Un corazón atravesado por una flecha acompañaba la declaración de amor. Las paredes del tren recogían las expresiones de sus usuarios. Trazos de palabrotas, garabatos, genitales en acción, expresiones sexuales… todos plasmados con pintura en aerosol negra, roja, azul chillón, anaranjado, verde neón. A pesar de que hacía rato había pasado la hora del tapón (ya la multitud no se apretujaba dentro de los vagones), el tren aún cargaba un considerable número de pasajeros; hombres y mujeres de la raza negra, uno que otro… a saber, polaco, judío o italiano (a juzgar por las narices). Pero los que más seguían llamando la atención de Evangelina eran sus compatriotas, los mismos que veía en la clínica en busca de la cura amniótica para sus derrotas. Gente con el color de las tierras criollas arropándole la piel. Hablaban como si el vagón fuera la cocina de su casa o el cafetín de la esquina. Tenían una forma particular de expresarse, un lenguaje nuevo para ella (algo de español, algo de inglés, algo de palabras paridas de la copulación entre los idiomas padres). Era un estilo, más bien, de saberse vivos. O de sobrevivir, con la audacia aferrada a las uñas. Habían sido puertorriqueños. Ahora eran otra cosa (jamás serían gringos). Eran un engendro entre la generación que los parió (aquellos recogedores de café bajo un sol del coño) y los nuevos habitantes neoyorquinos, apabullados en cientos de pocilgas de cemento con olor a húmedo y gris. Eran la mezcla creada entre el sueño trunco y el mito asimilado. Eran el nuevo puñal en mano. El gesto de abrirse paso a la puñetera. El dedo del corazón provocador. La falda mostrando el nacimiento de muslos acaramelados. El falo presto. La voz chillona. El llanto de madres sufridas. Siempre las madres… siempre. Evangelina observaba. Un pedazo de sus entrañas se sintió vibrar con esta gente, que ahora se llamaban nuyorricans. Igual que le sucedía en Harlem. Acaso ese sentimiento se llamaba identificación, qué extraño; otros, de alguna manera, igual a ella. Pero no como una de las madres sufridas. No. Ella era de los otros. De los que se inventaban su propio espacio a como diera lugar. Con saliva y coraje. Ella también se despedía de una identidad y se arrojaba a la selva de los “nunca antes”. Ellos, nunca antes se habían separado de sus campos y su lenguaje. Ella, nunca antes había abandonado su esmerada maternidad. Nunca antes se había lanzado, con su corazón de monja, a explorar la vida libertina. Nunca antes (ni siquiera en los peores momentos) había acariciado la idea de optar por desechar su rol de esposa. Primero muerta.

Sintió un revoltijo de emociones. Miedo, orgullo, vergüenza, arrojo. Bajó la cabeza. Se topó con los tacones negros con el lazo rojo. Los llevaba puestos (ya a estas alturas, qué importaba). Debajo del “mumu” de colores brillantes escondía su nuevo corsé (por suerte el color rojo disimularía esas indiscretas gotitas anaranjadas que despedía su cuerpo) apretándole las mamas generosas. Ella, que había aprendido a bailar tango y baile anglosajón con su marido, que usaba el cuerpo para nadar en su mar pacífico y correr tras una bola de tenis, inventaría ahora contorsiones sensuales con sus caderas, miraría… –sabe Dios cómo– como las gatas en celo (era una buena imagen). Dibujaría una boca sugestiva, tal vez aupando los labios (recordaría el famoso gesto de Marilyn Monroe), que insinuara algo así como “arde de ganas pero aguántatelas”…

–Mira… Candy… te voy a decir Candy pa’que te acostumbres, ¿oquei? –le había dicho Cholo en la jerga de los nuyorricans–. Tienes que meterte en la “chola” que eres una “parabicho”, ¿got it? Quiero que te pongas algo chiquitito, bien pegao y enseñando bastante las tetas. Vete a The Pink Pussycat o a Frederickson. Ahora quiero ver cómo lo vas a hacer…

Evangelina tragó. Se levantó y, sin quitarle los ojos de encima, siguió instrucciones. No supo por qué loca razón, pero le vino a la mente su heroína, la duquesa Anastasia, a saber cuánto tuvo que encarar para sobrevivir.

–Abre las piernas, así… el culo parao… eso. Ahora empieza a moverte despacio, ajá, yeah, eso… Ahora tócate las tetas, ajá, despacito, nice, sigue bajando, no, no, no despegues las manos… ajá, sigue pa’bajo, nice, por las caderas, el culo parao, voltéate, good… y ahora por los muslos, eso, bien cerquita del “bizcocho”…

Entonces pensó en su padre. Tuvo miedo. Su padre, que pululaba por los espacios de la alta sociedad, pero que se mordió el dinero y el abrazo cuando ella se lo pidió para mudarse con sus hijos lejos de Bernardo. Su padre, débil a la hora de expresar emociones y mostrarse solidario; el que, con todo y distancia (la física y la que sabe a vacío), seguía siendo su padre. “¿Y si alguien que conoce a papi me ve aquí, meneando las nalgas y enseñando las tetas en una barra de mala muerte?”, indagó en su interior.

Volvió a pasear la mirada sobre los pasajeros que viajaban rumbo a Brooklyn. Luego miró a Elsa y a Lourdes, sentadas bajo el Rosa & Willy 4-eber. Se entretenían con goma de mascar. Le sonrieron. Pero a Evangelina no le hizo gracia.

“¿Qué carajo hago aquí?”, se preguntó, inquieta.

Entonces se propuso un acuerdo, ella sola. “Si todo esto es una mentira, si yo no confío en lo que nos dice este gurú… Si yo no confío en este asunto de la evolución del planeta… cojo mis cosas y me largo ahora mismo para Puerto Rico”. Esperó una voz del cielo (o de sus adentros) que le confirmara, que le dijera: Manda toda esta locura al diablo; o, por el contrario: “Sí, Evangelina, este es tu camino, continúa en él”. El tren empecinaba su rumbo a Brooklyn. La negritud del paisaje fuera de los vagones hacía volcar la mirada a lo inmediato, a los trazos de aerosol en colores, con toda su obscenidad manifiesta. A los compatriotas luchadores como ella. Evangelina nunca pudo precisar. Solo supo que supo. Sí, supo instantáneamente. Supo que confiaba; que este era el camino de las experiencias trazado para ella. Era la invitación que le hacía la vida para alcanzar su potencial. Cualquiera que fuera. Y bailó en el Go-Go Girls Club.

–¡Qué tetas, mamita! –le gritó un calvo desde la concurrencia.

–¡Si te cojo, te chupo “oldeuéi”! –así, en el idioma de los nuyorricans.

–Tanta curva y yo sin freno –se baboseó en el oído de Evangelina un tipo de greñas escuálidas mientras colocaba un billete de a dólar bajo su liga.

Candy bailó tres noches corridas. Se ganó $43. No volvió.