Semblanza

Miriam Montes Mock no es una mujer “normal”. No se queja todo el día de su marido, de sus hijos o de lo difícil que está la vida, como hacemos las mujeres “normales”. Tampoco pasa el día viendo telenovelas ni sufre por tonterías. Paga sus deudas con alegría y con un profundo sentido de agradecimiento. No odia a quienes le han hecho daño y vive convencida de que todo el mundo la quiere. Jamás envidia el éxito o la belleza de las demás mujeres. Por el contrario, es solidaria con sus congéneres y aprovecha cada oportunidad que la vida le ofrece para derramar su amor a manos llenas.

Como consecuencia lógica, tampoco es una escritora “normal”. Aunque redacta de madrugada, en las mañanas o a media tarde, y puede pasarse todo el día en pijama escribiendo y reescribiendo una misma oración o un solo párrafo, no es como uno de esos ermitaños que viven aislados del mundo leyendo clásicos de la literatura universal o llenando hojas y más hojas de papel. No necesita un entorno especial para “inspirarse” y pocas veces sufre del temido bloqueo del escritor. No se pasa los días criticando el trabajo de los escritores de su generación. En su lugar, compra los libros de otros autores contemporáneos, los lee con empática curiosidad, asiste a todas las actividades literarias que su tiempo le permite y hace las veces de porrista de aquellos que como ella sienten pasión por las letras.

Insisto… Miriam Montes Mock, definitivamente, no es una persona “normal”.

Nació el 11 de agosto de 1959, en Río Piedras, Puerto Rico. Su cuerpo tiene cincuenta y dos años, pero no lo parece. Al verla, una tiene la sensación de estar ante una mujer sin edad. Además, ella no actúa como una mujer “normal” de cincuenta y dos años. Le gusta vestirse con mahones y camisas sencillas, y escucha música todo el tiempo como si fuera una eterna adolescente. Jamás sale de su casa sin pintarse los labios. Va de tiendas con su hija de veinte años como si más que madre e hija, fueran dos amigas de toda la vida. Adora el color berenjena y le encanta la comida creativa no importa si es tailandesa, hindú, vietnamita o puertorriqueña.

Para su hija Camila, es una mujer espontánea. “Mami es muchas cosas: es amorosa y espiritual, pero loca y rabiosa”. Para su esposo, el Dr. José E. Pedroza, el adjetivo que mejor la describe es “persistente”. Su hijo Juan Carlo, la considera “enérgica”. Pero Miriam es mucho más que eso: es apasionada, brillante y expresiva. También es solidaria y terriblemente honesta. A la vez es humilde, dulce y linda… tan linda y dulce como un animalito recién nacido. Tiene una actitud divertida y despreocupada ante la vida; una alegría que hasta podría parecer sospechosa. En medio de las realidades de la cotidianidad, ella es feliz… inmensamente feliz. Y tal vez ese estado de gozo perenne se deba a que le dedica toda su energía a todo aquello que ama.

Tres veces por semana, a esa hora azul que anticipa el amanecer, se sumerge en las aguas –saladas o cloradas– de su amada playa de El Escambrón o del Natatorium de San Juan, y nada como uno de esos pececitos color cobalto que danzan maravillados entre cientos de peces grises. Se hace olas y espuma con cada braceada matutina. En ese momento se convierte en agua. Por una hora y media se disfruta sus talentos de sirena. Entonces regresa a su hogar y le lleva el café y el periódico a la cama a su marido, no porque él se lo exija sino porque a ella le encanta hacerlo. Un par de horas más tarde se viste con su leotardo más viejo… “el de la tela más suavecita”, se pone su camisilla favorita por encima (una color lila que le regaló su mamá hace treinta y tres años) y se va a hacer pliés, arabesques y pirouettes en alguna de las muchas compañías de danza en las que ha tomado clases, desde que comenzó a bailar cuando apenas tenía diez años de edad. Y aunque se retiró del ballet por algún tiempo durante su adolescencia, volvió a practicarlo a los dieciocho años y desde entonces no ha dejado de bailar, salvo cuando sus tres embarazos no se lo permitían.

Aparte de sus clases de ballet y de su práctica de natación, también se ejercita con regularidad en el gimnasio, juega ping-pong y colabora en algunos periódicos y revistas escribiendo reseñas de eventos de baile. En algún momento de su vida también buceaba. Además, por los pasados veinte años ha laborado como coordinadora de programas educativos en The Advanced Dental Implant Institute junto a su esposo. Asiste a cuanta actividad social, benéfica y cultural la invitan. Es el sol alrededor del cual gira toda su familia (marido, hijos, amigos y una variopinta comparsa de gatos y perros). A pesar de su agenda, repleta de interminables jornadas, escribe casi todos los días con pasión y disciplina.

Sus padres, Carlos Montes y Gloria Mock, tampoco fueron padres “normales”. Las experiencias –positivas y negativas– que vivió junto a ellos formaron su carácter y determinaron el rumbo de su vida, en especial en lo que respecta a la escritura. “Papi escribía muy bien, así que si yo tengo algún talento como escritora debo haberlo heredado de él. Yo admiraba mucho de papi su inteligencia y su capacidad analítica y de reflexión. Las conversaciones con papi –el papi bueno– eran muy valiosas para mí. Él siempre me recomendaba algo para ayudarme a escribir: ‘di lo que vayas a decir de la manera más clara posible’, pero creo que no le hice mucho caso”. Por otro lado, desde que era pequeña, su madre siempre le regalaba libros. Gracias a su influencia creció leyendo todo lo que caía en sus manos. “Cuando yo tenía treinta y pico de años mami me regaló The Artist Way, de Julia Cameron. Gracias a ese libro y a mis morning pages, empecé a quererme. Cuando tenía una emoción bien grande, tenía que escribirlo. Empecé a escribir para conectar conmigo y con mis emociones. Por eso es que mi escritura no miente”.

Sin embargo, su primera inclinación académica no fue hacia la literatura. En su lugar, en el año 1981 completó un bachillerato en Ciencias Naturales con especialidad en Mantenimiento Ambiental y en el 1992, una maestría en Comunicación Pública con concentración en Periodismo, ambos del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Durante esa época fue reconocida en Who’s Who Among Students y en el National Deans List por su excelencia académica y liderazgo. En el 2009 completó una maestría en Creación Literaria con concentración en Narrativa, en la Universidad del Sagrado Corazón. En esa ocasión recibió la medalla Pórtico, una vez más por su sobresaliente desempeño académico.

Pero jamás ha trabajado formalmente como ambientalista o como periodista. En su primera experiencia laboral como coordinadora del Departamento de Información y Educación de la Oficina del Gobernador de la Autoridad de Energía Eléctrica, descubrió, casi por accidente, sus dones como escritora. Durante la elaboración de una campaña de conservación de energía, tomó la iniciativa de redactar una serie de eslogans que terminaron siendo impresos en las facturas de electricidad que se le enviaban a los abonados en aquellos días. Allí también creó un periódico educativo mensual. Hasta entonces, “no sabía que podía escribir”. Hoy día escribe reseñas de ballet y las envía a los periódicos como colaboraciones gratuitas, sin importar si se las publicarán o no. Y tal vez por la pasión con que escribe y porque lo hace, literalmente, por amor al arte, siempre se las publican.

Aparte de sus compromisos familiares y profesionales, dedica tiempo a su labor social. Desde el año 1995 Miriam también sirvió como voluntaria en el Programa de Artes y Comunicaciones de su iglesia. “Trabajé como utilera, coreógrafa, apuntadora, fotógrafa y comunicadora”, entre otras muchas funciones. Además, colaboró en proyectos de desarrollo de liderazgo y de alcance comunitario en apoyo a niños HIV positivos. Asimismo, en el año 1990, tras la muerte de su primera hija Sofía Beatriz, formó el grupo de apoyo “Padres que aman”, para ayudar a aquellos que pierden bebés. Dirigió este proyecto por cinco años, ofreciéndoles consuelo y valiosa información a mujeres y hombres que, como ella y su esposo, vivieron esta dolorosa experiencia. También ofrecía charlas y seminarios a personal hospitalario con la intención de capacitarlos y sensibilizarlos en el manejo de estos casos.

Esta mujer bajita y delgada, con cara de niña juguetona, llora con esa inocencia con la que lloran los niñitos, por todo y por nada. Y se ríe con la misma pasión desenfrenada. Llora, ríe y ama… AMA, así con todas las letras mayúsculas. AMA a Jesucristo y no teme pregonarlo. AMA a Camila y a Juanqui, sus hijos, y AMA también a su pequeña Sofía Beatriz, quien pasó brevísima por la tierra pero se quedó enraizada por siempre a su corazón. AMA a su marido, el hombre bueno con el que por veintisiete años ha sembrado las semillas fecundas del amor y el maestro con quien ha perfeccionado el difícil arte del matrimonio. AMA a sus padres y AMA a sus tres hermanos, con la incondicionalidad con que se ama en silencio. AMA a los perros y a los gatos, que conviven con ella y se pasean sobre el teclado de su computadora mientras ella escribe con esa loca obsesión con la que hace todo lo que hace. AMA las causas nobles. AMA el mar… las palabras y los libros. AMA nadar, AMA bailar ballet y AMA escribir… AMA a todos sus amigos, a sus profesores, a sus médicos y consejeros de familia, a los amigos de sus hijos, y a los amigos de sus amigos. Y sobre todas las cosas, se AMA a sí misma con la conciencia de que morirá algún día y “más vale vivir”.

Cuando una la mira, en sus alegres ojos color café ve al Dios bueno que pinta un arco iris en el firmamento cada vez que llueve. Y cuando escribe lo ilumina todo con esa luz poderosa que tienen las almas nobles.

–Gizelle Borrero

Editora y escritora